Conoce la historia de la disputa que por mas de 60 años existe China & Taiwan.

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El conflicto terminó oficialmente en 1950, luego de más de 20 años de combates, pero en cierto sentido la guerra civil china todavía no ha terminado.

La razón: China y Taiwán se ven a sí mismos como los herederos del gobierno legítimo de China. O, para ser más precisos, del de una China unificada.

Xi Jinping es, oficialmente, presidente de la República Popular China, el gigante asiático que tiene su capital en Pekín, una silla en el Consejo de Seguridad de la ONU y es una de las grandes potencias mundiales.

Tsai Ing-wen es presidenta de la República de China –también conocida como Taiwán–, que es considerada por Pekín una provincia renegada, pero todavía es reconocida por una veintena de países de América Latina y el Caribe, África, Europa y Oceanía.

Los ministros de Relaciones Exteriores de Panamá y China, Isabel de Saint Malo y Wang Yii.
Las negociaciones entre China y Panamá fueron culminadas por los ministros de Relaciones Exteriores de ambos países, Isabel de Saint Malo y Wang Yii.

Aunque el lunes, el gobierno de Panamá anunció que rompió sus relaciones diplomáticas de décadas con Taiwán al tiempo que las establece con China.

Pekín exige a los países con los que mantienen relaciones diplomáticas negárselas a Taiwán.

Una China, dos gobiernos

Para entender la situación de China y Taiwán, hay que remontarse a 1927 y el inicio de la guerra entre el entonces gobernante Partido Nacionalista Chino o Kuomingtang (al que pertenecía Ma Ying-jeou, presidente de Taiwán hasta 2016) y el Partido Comunista (al que pertenece Xi).

Habían pasado 15 años desde la abdicación del último emperador y luego de años de combates –interrumpidos durante una década por causa de la invasión japonesa de 1936– los comunistas, liderados por Mao, terminaron haciéndose con el control de la mayoría del territorio.

Chiang Kai-shek y Mao
Chiang Kai-shek y Mao en 1945 poco antes de convertirse en líderes de dos gobiernos rivales.
Eso obligó al líder nacionalista Chiang Kai-shek a trasladar su gobierno a la isla de Taiwán en 1949.

Naciones Unidas y la mayoría de los países occidentales siguieron considerando al de Taipéi –la capital de Taiwán– como el gobierno legítimo de China hasta 1971.

Ese año, sin embargo, la ONU pasó a reconocer al gobierno comunista como la autoridad legítima de una única China.

La política de la República Popular de obligar a elegir entre mantener relaciones diplomáticas con Pekín o con “la provincia renegada” hizo que el estatus internacional de Taiwán rápidamente se convirtiera en un asunto complicado.

Después de la decisión de Panamá, solo 20 de los 193 miembros de la ONU –incluyendo 11 naciones de América Latina y el Caribe– reconocen oficialmente al gobierno de Taipéi.

Pero muchos continúan manteniendo relaciones extraoficiales. Cuando Estados Unidos finalmente rompió relaciones diplomáticas con la isla en 1979 también se comprometió a defenderla.

La amenaza del independentismo

Esta es probablemente la principal razón por la que Taiwán, con nada más 23,3 millones de habitantes, ha podido resistir las pretensiones anexionistas del gigante asiático y mantener su particular situación.

Aunque China –es decir, la República Popular– se reserva el derecho de obligarla a volver al redil por la fuerza de ser necesario.

Lo espinoso de la relación, a menudo tensionada por amenazantes maniobras militares, explica por qué el contacto oficial entre Pekín y Taipéi ha sido prácticamente inexistente en los últimos años.

Pero las cosas empezaron a cambiar en julio de 2009, cuando los líderes de ambos lados intercambiaron mensajes por primera vez en más de 60 años.

Lo hicieron como líderes de sus respectivos partidos y no como presidentes. Pero también fue un primer paso simbólicamente importante.

En noviembre de 2015, ocurrió la primera reunión entre los líderes de China y Taiwán de toda la historia.

El mandatario chino, Xi Jinping, y su entonces par de Taiwán, Ma Ying-jeou, se encontraron en Singapur, pero ambos evitaron referirse al otro empleando el título de presidente.

La reunión puso en evidencia el interés de Xi y Ma por al menos mantener el statu quo frente a la amenaza creciente del independentismo, que es lo que parecía empujar el acercamiento de ese momento entre ambos mandatarios.

Lo delicado y complejo de la relación también llevó a las partes a acordar que las banderas de ninguno de los dos países pudieran ser visibles en las fotos de los mandatarios

Según la principal agencia taiwanesa de noticias, en la reunión el entonces presidente Ma propuso reducir la hostilidad en el estrecho de Taiwán, aumentar los intercambios y abrir una “línea directa” para fortalecer el “consenso de 1992”, como se conoce al acuerdo que le permite a los dos lados reconocer el principio de “una sola China”, pero interpretarlo de forma diferente.

El presidente Xi se expresó en el mismo sentido, declarando que el mantenimiento del consenso ayudaría “al gran rejuvenecimiento de la nación China”.

Pero el histórico encuentro no desembocó en una declaración conjunta, ni se firmó ningún acuerdo.

Aunque fundamentalmente simbólica, la reunión fue importante.

Reunión China-Taiwán
El encuentro comenzó con un simbólico apretón de manos.
“La historia recordará este día”, declaró al final del encuentro el presidente Xi Jinping, quien también le dijo a su colega taiwanés “somos una misma familia”.

Mas, por su parte, insistió en que “las dos partes deben respetar los valores y forma de vida del otro”.

Muchos analistas también creen que los mandatarios estaban pensando sobre todo en su lugar en la historia.

Un lugar en la historia

La idea de una sola China no la defiende sólo Pekín: es también una de las banderas históricas del Kuomintang, que oficialmente favorecía una eventual reunificación y, mientras estuvo en el poder, hasta 2016, nunca buscó la independencia formal de Taiwán.

Pero desde la llegada de la democracia al país en 1990, el independentista Partido Democrático Progresista (PDP) ha ido adquiriendo cada vez más fuerza.

Ocupó la presidencia entre 2000 y 2008 (aunque como parte de una coalición, lo que lo obligó a manejar un discurso moderado) y la recuperó en enero de 2016, con la actual gobernante Tsai Ing-wen.

Independentistas taiwaneses
Los independentistas taiwaneses ganaron las últimas elecciones.

El último incidente diplomático entre China y Taiwán ocurrió cuando la mandataria llevaba pocos meses en el cargo.

En diciembre de 2016, Donald Trump, todavía presidente electo de Estados Unidos, mantuvo una conversación directa con Tsai Ing-wen, quebrando la política estadounidense establecida en 1979, cuando los dos países rompieron relaciones formales.

Desde entonces, ningún presidente estadounidense, sea electo o en funciones, se había puesto en contacto con ningún mandatario de Taiwán.

Pero Tsai Ing-wen hizo la excepción al llamar a Trump para felicitarlo por su victoria en las elecciones de noviembre de 2016.

El equipo de Trump explicó que el presidente también había “felicitado” a Tsai por convertirse en la presidenta de Taiwán en las elecciones de enero de ese año.

El ministro de Relaciones Exteriores chino, Wang Yii, presentó un reclamo formal en Washington.

Pese a la queja, Trump sugirió días después que podía romper con la política de una “China unificada” y establecer relaciones formales con Taiwán. Dijo que si Pekín no hacía concesiones en comercio y otras cuestiones, no veía por qué esta política debía continuar.

Sin embargo, en febrero de 2017, cuando ya había asumido su cargo, Trump habló por teléfono con Xi Jinping y anunció que honraría la política de una “China unificada”.

Posteriormente, en abril, recibió al líder chino en la “Casa Blanca de invierno” o Mar-a-Lago, en Florida.

Tsai Ing-wen

En años anteriores, China ya le ha ofrecido a Taiwán una versión de la fórmula “una nación, dos sistemas” que se aplica a Hong Kong, pero la propuesta no ha sido aceptada.

Mantener las cosas como están parece ser también la posición preferida de la mayoría de los taiwaneses, quienes, según las encuestas, no se decantan ni por la eventual unificación, ni por la independencia declarada.

Aunque por cuánto tiempo, nadie lo sabe: la nueva generación cada vez se siente más taiwanesa que China y muchos también creen que la isla se está volviendo excesivamente dependiente de su gran hermano.