Por: Andres Vanderhorts

Cuando queremos esconder algo, lo tiramos en un “hoyo”, lo guardamos en una gaveta o lo echamos en un zafacón. Cómo podríamos enseñar a millones de turistas que tan cerca de sus paradisíacas habitaciones se apiñan miles de ciudadanos dominicanos y haitianos, viviendo en condiciones inaceptables porque en esta zona se produce mucha riqueza y pleno empleo.

Son las diez y media de la noche de este domingo y acabo de regresar del Hoyo de Friusa. No puedo pensar en otro tema para mi artículo semanal que desahogar esta pena que me quita el sueño, a causa de la impotencia.

No es la primera vez que voy al Hoyo de Friusa. En el 1991 cuando vine por primera vine a la zona siendo apenas un joven de 19 años, a abrir mi primer negocio en el hotel RIU Taino antes de terminar mis estudios universitarios. Para ese entonces, la carretera que nos traída desde Higuey a Bávaro cruzaba por una zona particularmente grande para esa época, en que las comunidades eran pequeñas y las menos de 2 mil habitaciones hoteleras atrajeron a cerca de 20 mil dominicanos.

Detrás de ese cruce famoso, había un particular descenso en esas tierras arcillosas donde empezaban a levantarse casuchas improvisadas construidas por las personas que no querían desplazarse hasta Higuey, que en aquel entonces estaba a más de una hora de distancia. Ese hoyo continuó poblándose sin planificación ni atención del Estado ni de la Municipalidad, de la misma manera que se aprecian los cinturones de miseria en la periferia de Santo Domingo, o las famosas favelas de Rio de Janeiro.

Ese hoyo, oculto de los turistas, siguió creciendo, a la misma velocidad en que ha crecido el destino. Junto a los cientos de habitaciones hoteleras, se levantan millares de habitaciones en cuarterías, casuchas y destartaladas piezas donde se hacinan miles de migrantes de otras partes del país y de fuera de la República Dominicana, principalmente de Haití. El auge de la construcción hotelera e infraestructura y de los servicios, atrae mucha mano de obrar supuestamente temporal, parar levantar los millonarios complejos pero terminan quedándose de forma permanente.

Y de la misma manera en que a nivel personal se improvisa la vivienda y se desarrolla una economía irregular e informal, se continúa creciendo de forma arrabalizada y desorganizada y cada vez es más difícil satisfacer necesidades tan básicas como el agua, a falta de un sistema de agua y alcantarillado. Se improvisan pozos de extracción de agua junto a los sépticos, como preludio de lo que puede ser una crisis sanitaria de grandes proporciones.

El Hoyo de Friusa no alcanza para enterrar nuestra vergüenza y ya no puede ocultarse más esa pobreza extrema en el corazón de la zona que genera nuestra mayor riqueza.

Es hora de salir de la inercia y la indiferencia. Cuento contigo.