El arte de ser feliz

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Contrario a lo que pudieran opinar muchas personas, la vida no es tan difícil vivirla si cada quien se consagrara a vivirla íntegramente, asumiendo las consecuencias de sus actos.

El tiempo que tenemos en la existencia terrenal es tan limitado que si nos dedicáramos a vivir nuestra vida y a no estar pendiente de las acciones de los demás, encontraríamos el verdadero sentido de estar vivo, que es la felicidad.

Hay muchos libros por leer, vinos por tomar, lugares por visitar, conversaciones amenas por tener, ríos, playas y paisajes por disfrutar y canciones por escuchar, que es una olímpica pérdida de tiempo tiempo estar pendiente de lo hacen o dejan de hacer los demás, llevar vida ajena o estar chismeando por las redes sociales, porque es un error gravísimo criticar, juzgar o calumniar al prójimo y no dedicar tiempo a corregirse para ser mejor persona y construir la felicidad, que no es un destino, sino un trayecto que se recorre constantemente.

Es necesario aprovechar el tiempo para bañarse en el mar o bajo la lluvia, degustar un buen café, montar bicicleta, respirar aire puro, reír, cantar, bailar, escribir, comerse un helado, jugar con los niños, caminar por la mañana, ser auténtico, raro, especial y único, pero ser feliz, sin dañar a nadie.

Cada quien debe edificar su universo a la medida con lo que le ilusione o le apasione, porque la vida solo tiene sentido cuando hacemos lo que nos gusta y la vivimos al máximo, sin perjudicar a terceras personas y siendo solidarios con aquellos que necesitan de nuestra ayuda y procurando construir una mejor sociedad ejerciendo éticamente el ministerio que escojamos desempeñar.

Cada cabeza es un mundo, y en sociedades subdesarrolladas donde hay tantos prejuicios, desinformación, medias verdades, ideas preconcebidas, falsos valores, doble moral, hipocresía, mediocridad, manipulación, engaños, celos, conflictos de intereses, envidias, teorías conspirativas, malquerencias y creencias erróneas, la gente opina sin analizar y repite lo que oye sin reflexionar ni estar convencida de lo que dice, sin tener pruebas de lo que afirma.

Partiendo de esas matrices, entonces no hay necesidad de justificar los actos, cada quien tiene su propia vida, y solo uno tiene derecho a vivirla; no hay que dar tantas explicaciones, porque la gente piensa lo que le conviene en función de la carga de creencias, infundios e ideas prejuiciadas que tenga, en una sociedad retorcida, donde a lo malo le llaman bueno y a lo bueno le llaman malo, sin tomar en cuenta que la bandad o malicia de las acciones está basada en principios universales que son inmutables en el tiempo.

Acostumbrarse a dar explicaciones es perder el tiempo y desgastarse en la construcción de la felicidad; no se necesita aprobación, es el momento de vivir la vida y hacer lo que nos haga felices y asegurarse de ser fieles a nosotros mismos.

Todo lo que un ser humano necesita para ser feliz es tener la convicción de lo correcto y estar en completa paz con la vida, sin importar lo que el mundo perciba de él.

No somos lo que aparentamos ni lo que opinan los demás; somos y siempre seremos lo que hacemos.

Somos nosotros los que creamos los infiernos de tristeza y de angustia; la clave está en aprender a crear el paraíso de la alegría y dejar que todo lo noble, justo y bueno brote de nuestro ser, y no dar importancia a las críticas sin fundamento que hagan personas tóxicas y envidiosas que están enojadas con su vida y que buscan liberar su frustración, resentimiento, amargura y odio viendo el lado negativo de las cosas y maljuzgando a personas felices.

«Quien dedica tiempo a mejorarse a sí mismo, no tiene tiempo de criticar la vida privada de los demás».

No se debe vivir dando explicaciones, porque «los amigos no las necesitan; los enemigos no las creen, y los estúpidos no las entienden».

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