MADRID.– Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no solo transformaron la seguridad mundial y la política internacional. También marcaron un antes y un después en la forma en que nacen y se propagan las teorías de conspiración, especialmente a través de internet.
Mientras millones de personas observaban por televisión las imágenes de las Torres Gemelas envueltas en humo, una enorme cantidad de usuarios acudía a una todavía joven internet tratando de encontrar respuestas sobre lo que estaba ocurriendo.
Según datos citados por Agencia EFE, basados en investigaciones del Pew Research Center, más de 53 millones de estadounidenses utilizaron internet para informarse sobre los ataques durante las primeras tres semanas posteriores al 11-S, convirtiéndolo entonces en uno de los acontecimientos de mayor impacto informativo en la red.
El comienzo de una nueva era
Expertos consideran que el 11-S representó un punto de inflexión para las narrativas conspirativas.
El catedrático Raúl Rodríguez Ferrándiz, especialista en Semiótica de los Medios de la Universidad de Alicante, sostiene que aquel momento abrió una especie de segunda edad de oro de las teorías de conspiración.
Antes ya habían existido grandes teorías relacionadas con hechos como el asesinato de John F. Kennedy o la llegada del hombre a la Luna, pero ninguna había contado con una herramienta de difusión tan poderosa como internet.
Aunque en 2001 todavía no existían Facebook ni Twitter, los foros digitales permitieron que comenzaran a circular rápidamente hipótesis alternativas sobre los atentados.
Entre ellas apareció la afirmación de que el Gobierno de Estados Unidos habría estado involucrado en los ataques, una teoría para la cual no existe evidencia que la sustente, pero que continúa teniendo seguidores décadas después.
Una encuesta de YouGov realizada en 2023 encontró que aproximadamente uno de cada cinco estadounidenses consultados consideraba posible que la administración estadounidense estuviera detrás de los atentados.
De los foros a las redes sociales
Con el crecimiento posterior de Facebook, YouTube, Twitter y otras plataformas, la capacidad de producir y compartir este tipo de contenidos se multiplicó.
El sociólogo Alejandro Romero, profesor de la Universidad de Granada, señala que puede discutirse hasta qué punto internet aumenta directamente la creencia en conspiraciones, pero resulta evidente que ha facilitado enormemente su creación y difusión masiva.
Lo que anteriormente circulaba en círculos reducidos comenzó a convertirse en contenido de consumo popular, mezclando desinformación, política, entretenimiento y desconfianza hacia las instituciones.
Rodríguez Ferrándiz describe este cambio afirmando que la conspiranoia terminó convirtiéndose prácticamente en un género pop, dejando de ser un fenómeno limitado a pequeños grupos.
Un fenómeno que continúa creciendo
Durante los últimos 25 años, estas narrativas se han extendido a numerosos acontecimientos internacionales.
La pandemia de COVID-19, fenómenos meteorológicos extremos, movimientos migratorios, atentados terroristas y conflictos políticos han servido de combustible para nuevas teorías que atribuyen grandes acontecimientos a planes secretos, gobiernos, élites o supuestos grupos ocultos.
El 11-S también contribuyó a popularizar conceptos relacionados con el llamado “Estado profundo”, utilizado posteriormente en diferentes movimientos políticos y teorías sobre estructuras de poder que supuestamente actuarían al margen de las instituciones visibles.
Para los especialistas, uno de los principales peligros está en que estas narrativas pueden modificar profundamente la percepción de quienes las consumen: si una persona acepta como verdadera una conspiración extraordinaria, puede resultar más fácil que posteriormente considere creíbles otras explicaciones similares sin pruebas suficientes.









