● Esto se debe a la discriminación a la que se ven expuestos, que se suma al riesgo un 32% mayor de desarrollar depresión y ansiedad.
● Cambiar el lenguaje y los entornos de atención son claves para reducir el estigma, y la conversación médica resulta crucial para que más personas busquen ayuda sin culpa ni vergüenza.
República Dominicana. La obesidad no es solo una condición médica: para millones de personas, es una etiqueta social que se lleva grabada en el cuerpo. Según el especialista Marc Caballero Bartolí, nutricionista clínico y dietista del Hospital Clínic de Barcelona (España), la definición de estigma de la Real Academia Española («marca hecha en la piel con un hierro candente» o «nota infamante») resume con precisión la realidad de quienes viven con esta enfermedad crónica.
Esta «mala fama» no es una percepción subjetiva: es una barrera sistémica que afecta la salud, la economía y los derechos humanos fundamentales de una población que ya supera los 1.900 millones de adultos en todo el mundo[1]. El estigma no es un motivador, sino que opera en el sentido totalmente contrario, y se asocia con un riesgo un 32% mayor de desarrollar depresión y ansiedad. Marc Caballero señala que el 78% de los pacientes reporta problemas de estrés postraumático derivados de experiencias estigmatizantes. El rechazo social genera aislamiento, baja autoestima e incluso depresión.[2]
El prejuicio basado en el peso se ha convertido en una de las formas de discriminación más frecuentes y socialmente admitidas en la actualidad. El histórico consenso internacional para terminar con la estigmatización de la obesidad, publicado en Nature Medicine en el año 2020[3] advierte que “las personas con obesidad son vulneradas en el trabajo, la educación y la salud debido a la suposición no probada de que su peso corporal deriva de una falta de autodisciplina».
“Un dato alarmante es que el 74% de los pacientes se ha sentido maltratados por profesionales sanitarios. Muchos médicos sostienen sesgos negativos, viendo a los pacientes como perezosos o incumplidores”, describe Caballero Bartolí. Esto provoca que los pacientes eviten o retrasen las consultas médicas por miedo al juicio, lo que deriva en diagnósticos tardíos de patologías graves.
La biología contra el mito de la «voluntad»
El error más grave y extendido es reducir la obesidad a una cuestión de «fuerza de voluntad». La evidencia científica muestra cómo y por qué la narrativa simplista de «comer menos y moverse más» es errónea. Las variables que determinan el peso son mayoritariamente físicas y bioquímicas, operando fuera del control consciente del individuo. Estudios científicos revelan que los genes asociados a la ingesta de alimentos se expresan principalmente en el sistema nervioso central, específicamente en el hipotálamo. Por lo tanto, la regulación del apetito y la saciedad está «más allá del control de la voluntad».
Además, la biología de los seres humanos está diseñada para la supervivencia en tiempos de escasez. Durante milenios, el almacenamiento de grasa fue una ventaja genética: el organismo acumulaba para los tiempos de escasez. Pero todo cambió en el último siglo y medio. El mundo ya no es de cazadores recolectores, ni siquiera de cultivadores y de personas que hacen mayormente trabajos físicos. En el estilo de vida actual hay sobre oferta de alimentos ultraprocesados de bajo costo y poca necesidad de mover el cuerpo. La biología humana todavía no se adaptó a esto.
Entonces, cuando una persona intenta perder peso y hace dietas restrictivas que implican comer mucho menos, el organismo activa una «respuesta biológica compensatoria potente». Esto incluye un aumento drástico de las señales de hambre y una disminución del metabolismo. ¿Para qué? Para defender las reservas de energía. De algún modo, el organismo actúa como si la persona estuviera aún en las épocas en las que comer era algo raro. Estos cambios pueden persistir años después de la pérdida de peso inicial, lo que explica por qué la recuperación es la norma biológica y no un «fracaso» personal.
A estos factores hay que sumarle que en las personas con obesidad grave se pierden señales críticas como la de la leptina, hormona que le da al cerebro la sensación de saciedad. “Cuando el cerebro no recibe el mensaje de que el cuerpo ha comido suficiente, genera un estado de hambre biológica real”, explica Caballero Bartolí. Por estas razones, hablar de «voluntad» es injusto: implica culpar a una persona por procesos hormonales y genéticos tan automáticos como la respiración.
Cambiar el lenguaje también cambia la atención
La discriminación actúa como un estresor crónico y, como consecuencia, los niveles de cortisol se elevan fuertemente, y se desata la inflamación en todo el organismo. Esto aumenta el riesgo de mortalidad por causas cardiovasculares, independientemente del IMC o Índice de Masa Corporal que tenga una persona.
Eliminar el estigma requiere una reconfiguración de la narrativa científica y pública. La Federación Mundial de la Obesidad (WOF) y otros expertos proponen adoptar el «lenguaje centrado en la persona» (Person-First Language). Esto implica algunas modificaciones básicas al hablar, porque somos lo que decimos, y lo que nos dicen que somos.
Lo primero que hay que hacer es evitar los adjetivos calificativos. No se debe decir «paciente obeso», sino «persona con obesidad» o «persona que vive con obesidad». Caballero ejemplifica: «Así como no decimos ‘canceroso’ sino ‘persona con cáncer’, porque la persona no se define por la enfermedad que tenga».
Es necesario también sustituir términos como «obesidad mórbida» por «obesidad grave» y «fracaso en el tratamiento» por «falta de respuesta al tratamiento». La WOF enfatiza como imprescindible la eliminación de la retórica belicista: dejar de usar frases como «la guerra contra la obesidad» o la «carga de la obesidad», porque estas metáforas presentan a las personas con obesidad como un «enemigo» o un problema a ser eliminado, reforzando la vergüenza y la culpa.
El estigma no solo se comunica con palabras; se manifiesta en el entorno físico. Las instituciones médicas deben eliminar barreras no verbales que humillan al paciente, y tener un mobiliario adecuado, con salas robustas de doble ancho y asientos sin reposabrazos para evitar que la persona con obesidad se sienta «encajonada». También es necesario dejar un espacio de 15 a 20 centímetros entre asientos para garantizar la comodidad y movilidad: es indispensable tener manguitos de tensión arterial de gran tamaño, básculas anchas que soporten pesos elevados y batas hospitalarias de tallas grandes para que el paciente no pierda su dignidad durante el ingreso.
El especialista concluye “el objetivo es que más personas puedan consultar sin vergüenza, recibir orientación individualizada y comprender que la obesidad requiere una mirada médica sostenida, sin comentarios sobre voluntad. El tratamiento puede incluir cambios en el estilo de vida, nutrición, actividad física, apoyo conductual, salud mental, farmacoterapia aprobada u otras terapias, cuando corresponda, siempre según evaluación profesional y necesidades de cada paciente”.
Hablar con su médico: una conversación pendiente
En este contexto, Adium impulsa la campaña “Hablar te quita un peso de encima”, una invitación a transformar el silencio, la culpa y la consulta postergada en una conversación médica respetuosa, profunda y basada en evidencia. Hablar con un profesional de la salud no significa reducir la obesidad a un número en la balanza ni buscar respuestas rápidas. Implica abrir un espacio seguro para revisar historia clínica, comorbilidades, salud metabólica, bienestar emocional, barreras de adherencia y alternativas de tratamiento integral. En una enfermedad atravesada por el estigma, esa conversación puede ser el primer paso para reemplazar el juicio por acompañamiento.
Eliminar el estigma no es un gesto de corrección política: es una condición necesaria para mejorar la atención. Una sociedad que deja de culpar puede empezar a diagnosticar mejor, tratar antes y acompañar con más humanidad a quienes viven con obesidad.
Acerca de Adium:
Con 50 años de experiencia y presencia en 18 países, Adium se ha consolidado como líder en el sector farmacéutico de Latinoamérica. Nuestro propósito es acercar tratamientos innovadores que mejoren la calidad de vida. A través de sólidas alianzas, licenciamos productos de más de una decena de compañías multinacionales de innovación, lo que nos permite ofrecer terapias y tratamientos de vanguardia para enfrentar algunas de las enfermedades más desafiantes del mundo. Brindamos empleo a más de 7.300 personas y contamos con centros productivos en Argentina, Brasil, México, Paraguay y Uruguay. Gracias a ello, ampliamos el acceso a la salud y mejoramos la vida de millones de personas en toda la región. Para más información, visite: adiumpharma.com










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