BÁVARO–PUNTA CANA, LA ALTAGRACIA.– Comprar un apartamento representa para muchas familias años de esfuerzo, sacrificio y una inversión económica considerable. Sin embargo, lo que debería ser un espacio de tranquilidad se ha convertido en un dolor de cabeza para propietarios que conviven con apartamentos destinados a alquileres de corta duración mediante plataformas como Airbnb.
El problema no es necesariamente el negocio de las rentas cortas, sino la falta de control, las reglas inexistentes y la irresponsabilidad de algunos propietarios que alquilan sus inmuebles sin preocuparse por las consecuencias que sus huéspedes provocan en la comunidad.
Cuando el hogar de unos se convierte en la fiesta de otros
Mientras una familia intenta descansar después de una jornada laboral, en el apartamento vecino pueden encontrarse visitantes que llegan a las dos de la madrugada, colocan música a alto volumen, organizan fiestas, hablan a gritos o generan movimientos constantes durante la noche.
La diferencia es evidente: quien vive permanentemente en un residencial tiene que convivir con sus vecinos al día siguiente, mientras que algunos huéspedes temporales permanecen apenas dos o tres noches y se marchan sin asumir las molestias ocasionadas.
Y ahí comienza el verdadero conflicto: el propietario residente paga su apartamento, cumple sus obligaciones de mantenimiento y respeta las normas, pero termina soportando las consecuencias de una actividad comercial de la que no obtiene ningún beneficio.
El negocio es de uno, pero las molestias son de todos
Uno de los aspectos más cuestionables es la conducta de algunos dueños que convierten sus apartamentos en negocios de alojamiento, pero no establecen controles efectivos sobre sus huéspedes.
Mientras reciben ingresos por cada reservación, son los vecinos permanentes quienes deben lidiar con ruidos nocturnos, fiestas, visitantes desconocidos, uso inadecuado de áreas comunes y posibles situaciones de inseguridad.
¿Por qué una familia que compró su vivienda para descansar tiene que sacrificar su tranquilidad para que otro propietario gane dinero?
No se trata de estar en contra del turismo ni de quienes buscan alojamiento temporal en Bávaro, Verón o Punta Cana. Se trata de comprender que un residencial no puede funcionar como un hotel improvisado sin reglas ni responsabilidades.
Las administraciones también tienen responsabilidad
Las juntas de vecinos y administraciones de condominios deben asumir una posición más firme frente a esta problemática, estableciendo horarios de silencio, restricciones a fiestas, controles de acceso, registros de visitantes y consecuencias ante incumplimientos, siempre dentro de lo permitido por la ley y los reglamentos de cada residencial.
También resulta necesario que los propietarios que explotan sus inmuebles mediante rentas cortas respondan por las actuaciones de sus huéspedes, en lugar de trasladar todos los inconvenientes a quienes residen permanentemente en el edificio.
El derecho a descansar no puede convertirse en un privilegio
Airbnb no es el enemigo por sí mismo. El verdadero problema aparece cuando el negocio de las rentas cortas se coloca por encima del derecho de los demás a vivir en paz.
Un apartamento puede representar una oportunidad de ingresos para su dueño, pero para la familia que vive al lado representa su hogar, su descanso, su seguridad y su patrimonio.
Bávaro Digital plantea una reflexión necesaria: ¿hasta qué punto debe permitirse que un residencial pierda su tranquilidad para beneficiar económicamente a unos pocos?
Porque quien compra un apartamento para vivir no debería terminar sintiéndose como un huésped incómodo dentro de su propia casa.










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